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Romper el ciclo de la violencia: comprender para intervenir y acompañar

La violencia de género no siempre empieza con un golpe. A menudo se inicia de forma silenciosa, sutil, casi imperceptible. Comprender cómo se forma y se mantiene este ciclo es esencial para poder detectarlo, acompañar y proteger a las víctimas, así como para generar entornos más seguros y respetuosos.


En este artículo te explico, de forma clara y accesible, qué es el ciclo de la violencia descrito por Leonor Walker, cómo afecta emocionalmente a mujeres y menores, y qué podemos hacer —como sociedad y como profesionales— para romperlo.


Mujer joven recibiendo apoyo emocional de una profesional en un entorno terapéutico.
Una profesional acompaña a una mujer joven en un espacio terapéutico, ofreciéndole apoyo emocional y escucha activa.


¿Qué es el ciclo de la violencia?


La psicóloga Leonor Walker describió un patrón repetitivo que aparece en muchas relaciones violentas. No es un modelo matemático, ni se cumple siempre igual, pero sí nos ayuda a entender por qué muchas víctimas sienten confusión, miedo o culpa a la hora de pedir ayuda.


El ciclo tiene tres fases:


1. Fase de acumulación de tensión


Aquí suelen aparecer cambios sutiles: malhumor, reproches, control del tiempo, críticas constantes, invasión del espacio personal o celos disfrazados de “preocupación”.


La víctima suele adaptar su conducta para “evitar problemas”: calla, cede, se esfuerza por no molestar. Esta autocensura genera un desgaste emocional profundo. La tensión crece sin que se perciban señales claras de violencia física, por lo que a veces es difícil identificar que ya existe maltrato psicológico.


2. Fase de explosión o agresión


Es el momento en que la tensión acumulada se convierte en violencia. Puede tomar muchas formas:


  • golpes o agresiones físicas

  • insultos y humillaciones

  • amenazas

  • control extremo

  • destrucción de objetos

  • agresiones sexuales


La víctima experimenta miedo intenso, bloqueo emocional o sensación de estar “paralizada”. Una de las graves consecuencias de esta fase es la sensación de culpa: “si yo hubiera hecho esto…”, “si no hubiera dicho aquello…”. Pero la responsabilidad nunca es de la víctima.


3. Fase de luna de miel


Tras la agresión, el agresor suele mostrarse arrepentido: promete cambiar, pide perdón, se muestra cariñoso. Esta fase puede incluir regalos, palabras afectuosas o gestos que recrean la etapa inicial de la relación.


Este comportamiento genera confusión, reforzando lo que llamamos trauma bonding, un tipo de vínculo emocional que mantiene atrapada a la víctima entre el miedo y la esperanza de que “esta vez sí será diferente”.


Con el tiempo, esta fase tiende a desaparecer y la violencia se intensifica.



Violencia vicaria: cuando el daño se dirige hacia los hijos e hijas


La violencia vicaria es una de las formas más crueles de violencia de género. Ocurre cuando el agresor utiliza a los hijos e hijas como medio para causar daño emocional a la madre. Puede adoptar formas como:


  • manipulación emocional

  • amenazas

  • instrumentalización legal

  • aislamiento

  • en los casos más extremos, agresiones directas a los menores


La evidencia psicológica confirma que los niños y niñas expuestos a violencia doméstica presentan mayor riesgo de ansiedad, trauma, dificultades escolares, problemas de conducta y miedo constante. Por eso es fundamental intervenir de manera temprana y coordinada.


Consecuencias psicológicas de la violencia


Las víctimas pueden presentar:


  • ansiedad y ataques de pánico

  • estrés postraumático

  • insomnio

  • baja autoestima

  • dificultades de concentración

  • aislamiento social

  • culpa o confusión emocional

  • miedo continuo


Estas reacciones no son signos de debilidad, sino síntomas de una situación traumática prolongada.



¿Qué mantiene el ciclo?


Entender estos factores nos ayuda a acompañar mejor:


Dependencia emocional

Se construye a través del refuerzo intermitente: alternancia entre maltrato y afecto. La víctima se aferra a los momentos buenos para soportar los malos.


Miedo

A las represalias, a perder a los hijos, a quedarse sin recursos económicos o a no ser creída.


Aislamiento

El agresor limita poco a poco los vínculos: amistades, familia, trabajo. Sin red de apoyo, la víctima siente que no tiene salida.


Normalización

Si la violencia se repite, puede vivirse como “una parte de la relación”, dificultando la percepción del riesgo.



Claves para la detección y la intervención


Desde la psicología y la mediación, estas son algunas pautas esenciales:


1. Escucha sin juicio

Validar la experiencia de la víctima es el primer paso para romper el silencio.


2. Evaluar el riesgo

Especialmente cuando hay menores, amenazas o historial de violencia creciente.


3. Coordinar recursos

Servicios sociales, educación, sanidad, cuerpos policiales, psicología infantil… El acompañamiento debe ser integral.


4. Acompañamiento emocional

Ofrecer herramientas para recuperar la autonomía, la autoestima y la seguridad interna.


5. Romper el aislamiento

Reconectar a la víctima con su red social o crear una nueva red de apoyo.



Romper el silencio es el inicio del cambio


Nadie debería enfrentarse a la violencia sola. Acompañar a las víctimas implica comprender su proceso, respetar sus tiempos y ofrecer un espacio seguro donde puedan reconstruirse desde la calma, la dignidad y el respeto.


Hablar, escuchar y actuar salva vidas. Y cada gesto de apoyo contribuye a crear entornos donde las personas puedan vivir libres de miedo.


🍊 Resolución de conflictos para crear espacios seguros.


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